Hay imágenes que van indisolublemente a un concepto, una idea, un lugar. Si se habla de la Ruta de la Seda, instantáneamente pensamos en la Plaza del Registán, en Samarcanda. Sin salir de ese país, en Bujará existen monumentos y rincones igual de impresionantes. En el año 2.000 conocí "Las tres perlas de la ruta de la Seda: Samarcanda, Bujará y Khiva". Empezamos por Samarcanda, y después nos trasladamos a Bujará, ciudad de la que yo no tenía conocimientos previos, más allá de la fama alcanzada por sus alfombras. Esa ciudad, sin embargo, me proporcionó el momento álgido de ese viaje. Una tarde, con un sol de primavera que apetecía mucho, callejeando por Bujará, un paseo algo laberíntico y como sin rumbo fijo me llevó de golpe y porrazo a un espacio abierto rectangular rodeado de edificios impresionantes. Se trataba del complejo de Po-i-Kalan, en uzbeco Poi Kalon. Rodeando este espacio abierto, frente a frente, la mezquita Kalan y la madraza mir-i-Arab. En un extremo el alminar de la mezquita, exento. Situarse en el centro de la plaza y mirar alrededor te lleva como a otro mundo.
Cada uno de los edificios del complejo es especial por algo. La mezquita es una de las más grandes de Asia. La mezquita original fue destruida por Gengis Khan en 1.220. La mezquita actual y la madraza fueron encargadas en el siglo XVI. El minarete, respetado por Gengis Khan, es una estructura cilíndrica realizada enteramente de ladrillo cocido, de 9 metros de diámetro en la base y 46 metros de altura. Se dice que el constructor realizó la base de la estructura y la dejó tres años en pausa para que la base se solidificara. Después la continuó hasta su final.