martes, 26 de mayo de 2020

El Vasa y su museo

Dedico esta entrada a la memoria de mi compañero de trabajo José Francisco Sibón Olano, (El Rubio para los amigos), que fue la primera persona que me habló con su habitual entusiasmo del Vasa y su restauración. Su muerte, en plena juventud, le impidió verlo personalmente. Cuando estuve delante del barco pensé mucho en él.





Suecia fue un gran imperio durante una época, normalmente los asociamos a la paz y la educación típica de los nórdicos, pero bien que les gustó la guerra y anduvieron haciendo de las suyas por el Báltico.

Entre 1626 y 1628 construyeron un enorme barco, el más poderoso de su flota, el Vasa (o Wasa, como quieran pronunciarlo), 52 metros de eslora, 11 y medio de manga, 64 cañones, 145 marineros y hasta 300 soldados, e iba a ser una de las principales armas en la guerra que el rey sueco Gustavo Adolfo II llevaba contra la mancomunidad de Polonia-Lituania.

Pero hubo varios problemas problemas:

-El proncipal, la obsesión del rey en contar con el mayor monstruo que surcara los mares, y a la mayor brevedad. No dejaba de exigir a los constructores más cubiertas, más cañones, hasta lo insostenible.

- Otro,  los astileros de Estocolmo no tenían tanta experiencia en barcos taaaan grandes y el Vasa tuvo el destino más ridículo que semejante barco podría haber tenido...

- Según el barco crecía por el capricho del rey el diseño hubiera debido ser bastante modificado. Por ejemplo, tras la adición de la última cubierta y la hulera superior de cañones, el barco hubiera necesitado 50 toneladas más de lastre, pero no estaba previsto un espacio para ese lastre adicional, y simplemente se desechó la idea de aumentar el lastre

- Se descubrió que algunos de los carpinteros del astillero utilizaban como medida el pie sueco y otros el pie de Amsterdam, dos medidas diferentes, de forma que muchos cañones arriba, poco contrapeso abajo, se movía para todos lados sin control, el casco era demasiado alto, el peso estaba mal distribuido, y para colmo, era asimétrico.


El domingo 10 de agosto de 1628 amaneció con buen tiempo en las aguas cercanas a Estocolmo. El viento era débil y el cielo claro, de modo que muchos curiosos acudieron al puerto de Blasieholmen, junto al Palacio Real, a ver cómo el Vasa realizaba su primera travesía.

El Vasa izó las velas, disparó la salva de saludo y lentamente se hizo a la mar. Sin embargo, cuando apenas llevaban una milla recorrida desde su salida, una ráfaga de viento infló la vela principal. Esto provocó una escora que afortunadamente consiguió corregir, pero pasados unos metros la inestabilidad del barco se hizo patente de nuevo ocasionando una segunda escora, por la cual la primera cubierta de cañones llegó a la línea de flotación y minutos después el galeón se hundió tras acabar volteado. Murieron en torno a 30 personas en el fatal accidente.

Tras recorrer a remolque los primeros cien metros, el capitán del Vasa, Söfring Hansson, dio la orden al fin de «¡Largar trinquete, velacho, gavia y cangreja!». Varios marineros escalaron la arboladura y largaron cuatro de las diez velas, mientras los cañones dispararon una salva de saludo. La feliz señal de que comenzaba el primer viaje del Vasa; la triste señal de que comenzaba el último viaje del Vasa. El galeón de dimensiones homéricas y con un centenar de tripulantes, incluidos mujeres y niños, recorrió solo 1.300 metros. Luego, se hundió.

En apenas unos minutos el Vasa estaba a 32 metros de profundidad, a 120 metros de la costa, 30 marinos se fueron al fondo y no pudieron emerger. Miles de personas presenciaron el hundimiento.

El Vasa pretendía convertirse en el principal buque de la Corona sueca, cuya irrupción en la Guerra de los 30 años había asombrado a todos. Respaldado por una profunda reforma militar, el Rey Gustavo Adolfo II mostró a Europa las virtudes de su caballería y, al calor de las victorias en Alemania, soñó con extender su fuerza también al mar con la creación de una armada de gran calado. El rey no pudo contemplar el desastre porque estaba en plena campaña en Polonia.

   El Vasa, de 64 cañones y centenares de esculturas adornando su popa y su proa, representaba la pretensión del Rey como ningún otro bajel. El nombre del barco hacía referencia a un haz (en sueco «vase»), el símbolo de la dinastía reinante. La nave comenzó a construirse en enero de 1626 y se necesitó talar mil robles para que, dos años después, estuviera lista para entrar en combate.

El rey fue informado de que los daneses estaban construyendo un buque que superaría al Vasa, por lo que ordenó que se añadiera otra cubierta y una doble fila de cañones. El resultado final fue que la hilera inferior de cañones quedó demasiado baja y por esas troneras entró el agua a raudales, sin que las bombas de achique fueran capaces de evacuarla El diseño que impuso el rey fue un barco demasiado pesado y con un centro de gravedad muy alto, que lo hizo sumamente inestable ante el más mínimo golpe de viento.

A la salida de la bahía, junto a Tegelviken, la primera señal de que algo iba mal se percibió cuando el Vasa comenzó a escorar mucho a sotavento. Tras enderezarse parcialmente, frente a Beckholmen cayó de lado y el agua empezó a entrar por las troneras. En cuestión de minutos el barco se hundió con las velas desplegadas y las banderas, así como las esculturas vivamente pintadas. La única prueba de estabilidad que se había hecho consistió en que treinta hombres fueran corriendo por la cubierta de lado a lado. Esa única prueba ni siera se llegó a completar, desistiéndose a la tercera carrera para que el barco no zozobrara en el propio muelle.

Como el culpable del desastre había sido el propio rey, con sus exigencias de unas dimensiones, peso y potencia de fuego disparatados para la tecnología de la época, nadie se atrevió a señalarlo. Con la pelota en el tejado de los constructores, los interrogatorios se trasladaron a los astilleros de Skeppsgarden. El maestro de construcción naval y el arrendatario se libraron bajo juramento, así como el diseñador que había muerto el año anterior, argumentando que todos los planos habían sido aprobados en persona por el Rey. Nadie fue hallado culpable del hundimiento y solo hoy se puede dar una causa aproximada.

Uno de los autores que más ha investigado sobre el tema, Erling Matz, considera que el Vasa era tan robusto como cualquier barco del periodo y tan inestable como cualquier buque con muchos cañones en aquel periodo. No es que estuviera mal construido o tuviera materiales defectuosos, solo estaba mal diseñado. Sin cálculos matemáticos precisos de estabilidad, se terminó construyendo un barco incompatible en su tamaño con un número tan alto de cañones pesados. Un sencillo golpe de viento echó al traste lo que era un diseño experimental.



Ya en el siglo XVII se intentó sacar del fondo del mar al Vasa, si bien pronto se descubrió que pesaba más de lo que podían soportar la tecnología de la época. Los anchos y las anclas resultaron inútiles… Fue necesario que el alemán Andreas Peckell se ofreciera a sacar los cañones con una herramienta llamada campana de buzo cuando habían pasado varias décadas desde el hundimiento. La campana, que formaba una bolsa de aire para respirar bajo el agua cerca de 30 minutos, permitió al equipo rescatar más de 50 cañones entre 1664 y 1665.

Después de 333 años en el fondo del mar, este enorme buque de guerra fue rescatado para que pudiera proseguir su travesía. A día de hoy, el Vasa es la nave del siglo XVII en mejor estado de conservación del mundo. Se exhibe en un museo construido especialmente para ella en la capital sueca. Este tesoro artístico único se compone en un 98% de piezas originales y centenares de esculturas talladas.

El Vasa pasó 333 años en el lecho marino, en 1958-59 lo movieron a menor profundidad y en 1961 fue salvado, estaba en muy buen estado y empezó la restauración para el museo donde reposa hoy.

En el otoño de 1957, los buzos iniciaron el despeje de túneles bajo el navío para los futuros cables de izamiento. El buque emergió del agua el 24 de abril de 1961, recuperándose con él más de 14.000 piezas sueltas de madera. El navío y sus distintos elementos se conservaron por separado, restituyéndose luego las piezas a la manera de un gigantesco rompecabezas.

El Vasa continúa realizando en nuestros días una labor de divulgación sobre su época y hay en curso distintas iniciativas de investigación en torno a la conservación del buque, desde la madera y los pernos hasta su armazón y los restos de tejidos. El objetivo es preservar el Vasa para las generaciones futuras.



Si bien su construcción fue disparatada y apresurada por el capricho de un rey, su restauración fue modélica. El estado de conservación de las maderas era muy bueno. Asi y todo, esta vez sin prosas, se esperó a que la tecnología de la segunda mitad lo hiciera posible, y durante 18 años fue tratado con productos que lo protegieran y conservaran adecuadamente, antes de emprender la reconstrucción del enorme rompecabezas que emergió. Después fue ubicado en un museo construido especialmente para albergarlo, donde se expone de una forma muy didñactica, con información accesible a niños y muchas figuras a tamaño natiral que permiten hacerse a la idea de como resultaría la vida en un buque como ese. Visita muy recomendada





Aquí os dejo un video de la puesta a flote del barco:








1 comentario:

Concha dijo...

Muy curioso e interesante Jose hizo una maqueta de él, pero yo llegué a verla