jueves, 18 de junio de 2020

Elogio de la locura (1)


Voy a tomar prestado el título y un par de ideas a Erasmo de Rotterdam para comenzar a hablar sobre aquellas obras que me impresionaron y que tienen en común que deben su existencia a personas que no estaban muy en sus cabales. Locura como fuente de la que emanan obras originales. Tal como escribe Erasmo, los locos y los que no se rigen por juicios establecidos son los que llegan a la grandeza. También es cierto que probablemente dejaron muchos cadáveres por el camino, pero también otros lo hicieron y no dejaron al mundo belleza alguna. No voy a juzgar aquí a ninguno de estos “locos”. Hoy no me apetece hacerlo y os pido que tampoco vosotros lo hagáis. Vamos a limitarnos a disfrutar de la belleza y de los resultados de tan creativa locura.


   En el último cuarto del siglo V, Kasyapa, primogénito del rey Dhatusena de Anuradhapura, temía ser suplantado en la sucesión al trono por su hermanastro menor Mogallan (cuya madre tenía sangre real, mientras que la suya era plebeya). Kasyapa se apoderó del trono y encarceló a su padre, mientras que su hermano Mogallan huyó a la India.

El temor, la arrogancia y la ilusión de creerse un dios condujeron a Kasyapa a construir su palacio sobre la roca de Sigiriya, un impresionante monolito de piedra roja que se levanta a 180 metros por encima de la jungla. Siete años después de su llegada al trono, en el año 477, Kasyapa pudo trasladarse a su fabuloso palacio nuevo. Once años más tarde, el 495, bajó de su inexpugnable ciudadela para salir al encuentro de Mogallan, que había vuelto de la India con un ejército. En lo más encarnizado de la batalla, el elefante de Kasyapa se dio cuenta de que había arenas movedizas delante de él y repentinamente giró hacia un lado. Su ejército, creyendo que su jefe se batía en retirada, se dispersó en medio de la confusión. Kasyapa quedó indefenso, desenfundó su daga, se la clavó en la garganta y la enfundó de nuevo antes de caer muerto.
Jardines de Siguiriya
   Mogallan volvió a trasladar la capital a Anuradhapura, así que la vida de esta extraordinaria ciudad fue sólo de once años. Sin embargo, durante los siglos siguientes la gente continuó acudiendo y escalaban la roca sólo para admirar el panorama y los extraordinarios frescos llamados “Las doncellas de Sigiriya”. Aunque las inscripciones hablan de más de quinientos, hoy no quedan más que diez y ocho retratos pintados al temple sobre la pared de roca. No se sabe si eran mujeres del harén o apsaras, unas ninfas que viven en el cielo y proceden de un reino de luz radiante. Sean quienes sean, se han convertido en una de las imágenes más reproducidas de Ceilán y el objetivo principal de la visita a Sigiriya.




No es Sigiriya la única ciudad fantasma construida por un genio enloquecido y abandonada en cuanto éste muere: Tell el Amarna con Akhenaton o Fathepur Sikri con Akbar son otros ejemplos. Otro día nos pasaremos por allí.





No hay comentarios: